La bella NO
Este artículo es denso (que no te engañe la bella); para entenderlo hay que concentrarse
y pensar, querido mirón. Pero no es obligatorio, o sea que agur, si eso, u
(¡uh!)… hola y tal.
LA MEDITACIÓN tiene como objetivo calmar el flujo de
pensamientos incontrolados. Esto hace
que la realidad se perciba sin prejuiciosos intermediarios, como si nos
hubiéramos limpiado las gafas. Observamos el mundo de un modo más inocente, más
como es en realidad: un lugar agradable e interesantísimo donde las tensiones
internas no hacen sino emborronarlo todo. Meditar, al proporcionarte el
bienestar propio de la ausencia de tensión, te hace más feliz, sin duda alguna.
Lo curioso es que este efecto tan espiritual (la felicidad,
ah, ah, ah, ah) se consigue mediante una práctica muy… material: LA
CONCENTRACIÓN, que podría consistir, por ejemplo, en sentir el paso del aire
por la punta de la nariz. Y así, respirando, llegamos al concepto clave de:
LA ATENCIÓN. Si meditar te limpia las gafas, la atención te
abre los ojos y te despierta el resto de los sentidos, el sexto incluido. Esto
hace que te enteres de lo que está pasando aquí y ahora, que conectes con la
vida real. Resultado: ganas en vitalidad, ahí es nada. Vives más (mucha más información
vital incorporada) y mejor (decides qué hacer —cómo vivir—con conocimiento de
causa). Resumen: la atención también da la felicidad. Mantente despierto, pues,
en todo momento y lugar.
Para entender todo esto mejor, pongámonos en el extremo
opuesto: las adicciones. Una adicción te emborrona los pensamientos, trabajando
en sentido contrario que la Meditación. Además, la adicción hace que estés
permanentemente despistado, nunca atento. Por estos y otros motivos, las
adicciones son un camino seguro para la infelicidad. No te adicciones a nada,
colega, ¡estate atento! El comportamiento rutinario y el pensamiento trivial también
fomentan la falta de atención, aunque de un modo menos dramático.
Si tanto la meditación como la atención tienen como
consecuencia el hacerte más auténtico, más tú mismo sin intermediarios,
conviene saber que la palma en esto de la autenticidad se la lleva:
EL ALMA. ¿Y eso qué es? La esencia, el hálito, el ánimo,
allí donde se encuentra lo que cada uno es de VERDAD.
¿Y cómo es? ¿Y dónde está? Está cerca o dentro de cada uno.
Yo últimamente la he pillado en un hueco justo encima del corazón… y en el
interior del codo izquierdo. Tiene el tamaño de un puño, más o menos, la
consistencia más etérea que el aire, algo humosa, y el color semitransparente.
¿Y esto cómo lo sé yo?, que diría un catalán… Pues porque lo llevo investigando
un cierto tiempo, y no aseguro nada. Fotos no tengo, no, que la característica fundamental del alma
es que no tiene características. Por decirlo bien y pronto: el alma que se
puede describir no es alma. Si pretendes acercarte a ella meditando, se
escapará porque ella NO tiene que ver con sentir nada (ni respiraciones ni
vainas). Si pretendes pillarla por el sistema de estar atento, vas de cráneo,
porque NO le gusta que la persigan.
En resumen, y a esto viene este artículo, el alma es algo
bello, bellísimo, de una belleza tan sublime como el propio concepto de VERDAD, pero NO tiene atributos, y si los
tuviere, no es el alma. En eso se parece mucho al Tao. Yo le llamo:
¡Cómo la quiero a la cabrona, aunque se esconda!
En resumen:
ResponderEliminarEl sexto es importante.
Stay woke.
No a la droja.