El Pensador de Perros

 

INICIOS



 

En mi vecindario no hay quien duerma. Un perro se pasa la noche ladrando a todo ladrar, como si lo estuvieran torturando.

Y algo de eso hay, porque su dueño, un sujeto impresentable, que vive en el bajo. Le obliga a pasar la noche en la calle, atado corto a una tubería del edificio de enfrente.

      ¿Y eso, ¿por qué?

      Lo acabo de decir: porque es un sujeto impresentable.

      ¿Y el perro… ¿se porta bien?, ¿qué hace?

      Lo acabo de decir: hace lo mismo que cualquiera que pasara la noche en la calle, atado a una tubería: protestar.

      ¿Ladra?

      Lo acabo de decir: mucho. Pero también aulla, gañe, chirría, hace todo tipo de ruidos molestos. En mi portal no duerme nadie.

      ¿Cómo lo sabe?

      — Por los carteles que ponen

      ¿Qué ponen?

      Lo acabo de decir: carteles.

      Ya, pero… ¿qué pone en los carteles que ponen?

      Lo normal: “aquí  no hay quien duerma. Que venga la policía. Cabrón asesino…” y así…

      Mal ambiente.

Peor.— Y no sabe usted lo peor…

-            A ver…

      El vecino impresentable tampoco soporta sus ladridos, y le dispara perdigones desde su ventana, con una chimbera.

— No será verdad.

      Pues sí, y el perro chilla más, claro: emite ruidos tan dolorosos e inexplicables, que un día, yo — que soy muy vergonzoso—me atreví a sacar la cabeza por la ventana y mirar; y no soy fisgón, digo, pero mi cabeza no podía seguir soportando la tortura del casco visigodo

      Lo siento

       

      No lo sabe usted bien. Pero a lo que iba, lo que vi fue al perro recibiendo perdigonazos desde la ventana del piso bajo donde vive su dueño, pero también…

      — Hay más?

       Sí, también desde el cuarto piso le disparaba Zarek.

      —Otro vecino impresentable?

      Mucho, el del cuarto, y parecía pasárselo muy bien por los ruidos que hacía mientras disparaba

      Qué ruidos?

      “Tacataca, toma ya, viva, viva, abron perro, racalaca… dale dale”

       

      Es extranjero?

      Polaco, taxista, y gordo

       

      —Vaya por Dios

Le sigo contando, que ahora viene lo más fuerte. Aquello me pareció tan demencial que decidí llamar a la policía

—De verdad?

      Sí, y también a la de mentira —los munipas—, y además a las ambulancias y a los bomberos.

      Hala!

      — Sí, me pareció lo mejor para acabar con  la tortura del casco visigodo

      —Es posible. ¿Y qué pasó?

—Espere. Primero, antes de que llegaran, se me ocurrió que lo más práctico  en esas circunstancias era comprar un Pensador de Perros.

—Cómo?

—No me interrumpa.

—Perdón. Siga, por favor.

El Pensador de Perros es un aparato que anuncian por televisión —en canales exclusivos—y que se vende en los chinos. Así que me vestí, salí de casa y fui al chino. Estaba cerrado, claro, porque era de noche, pero menos mal que yo tenía la clave de entrada , porque me la había pasado la hermosa Chu-lina, que se lleva muy bien conmigo, otro día le cuento. La clave es muy secreta, pero se la digo; me tiene que prometer no repetirla. Bien, la clave es ABLE SESAMO TÚ. Una vez dentro le di un par de besos a Ch-ulina y compré el aparato, el Pensador de Perros. Se trata de un cacharro con aspecto de escopeta, pero con un embudo en la punta. Si lo apuntas a un perro, el aparato, con sus inteligencias artificiales chinas, analiza la gestualidad y la expresión vocal del perro, y te traduce lo que quiere decir. Es decir, que puedes hablar con un perro. Es magnífico. Luego te lo apuntas a ti, hablas, y el aparato traduce en perruno lo que has dicho.

—Por eso se llama el Pensador de Perros?

      No sé, yo creo que se llama el Pensador de Perros, por equivocación, pero eso ahora no importa. Yo fui enseguida con el aparato a donde el perro ladrón.

       

      ¿No tenía miedo a los perdigones?

      —Claro! Fui con la escopetilla al hombro, y las manos en alto, y agitando un pañuelo blanco, mientras decía “No disparen, soy un humano”.

 

      Bien dicho. ¿Y dejaron de disparar?

SUCEDIDOS




-            Un poco. Ahora le cuento. Me acerqué con cuidado a la zona cero, enchufé el Pensador de perros hacia el chucho torturado, me puse los auriculares comunicativos, y le di al botón,

      Oh! ¿y qué pasó?

Pues que escuché hablar al perro con voz de azafata de congresos . Decía: “sáqueme de aquí, esto es horrible, mi amo está loco, me quiere matar”.

      ¿Y usted qué hizo?

—Primero, intentar comunicarme con él

-            ¿Cómo?

      Piense un poco en vez de hacer tantas preguntas. Le puse como pude los auriculares al perro, apunté el aparato hacia mí, y le pregunté educadamente cómo se encontraba

-            — Vaya pregunta más sosa! ¿Es usted tonto?

-             

-            Soy educado, no como otros, se lo acabo de decir, y cállese ya. Total, que me pareció que, por los auriculares del perro, no del todo estancos, después de hablar yo, se transmitió essto “pustrafún ratapruf pan de kilo”. Al perro pareció gustarle. Aproveché para ponerme los auriculares y enchufarle con el aparato. La conversación estaba empezando a fluir. El perro dijo lo siguiente, con gestos de espantar mocas, un bostezo. y voz de azafata:

-            —“El impresentable de mi amo me robó de un caserío de Archanda con la intención de que cuidara de su piso de noche… fíjese usted si le funciona mal la cabeza… en una casa de pisos! ¡Quiere un perro para proteger una comunidad de vecinos! Esto le cuento para que sepa lo onto que es. Pues bien, tanto como tonto, el tipo es malo, quiero decir que es más malo que tonto,, más todavía. Así que mire, aquí está el asqueroso, disparándome por pura diversión malsana.

—Qué bien hablaba el perro!

      Ya le digo, eso mismo pensaba yo… y además con esa voz melosa. Imagínese.

      Difícil.

      Ya, pero así fue. Sigo. Eso mismo que le he dicho me contó el perro. Yo, por darle carrete, le pregunté su nombre.

—. Dijo que prefería Carlos a cualquier otro, pero que los humanos le poníamos nombres muy tontos. En fin, entre una cosa ay otra decidí llevármelo a casa para cuidarlo un poco. No me gustan los perros, pero me daba pena. Dejé el aparato en el suelo y me dispuse soltarle la atadura. Entonces, atención… aparecieron las fuerzas vivas.

 

—La poli? Qué bien! ¿y los bomberos y el resto?

—Aparecieron todos, poco a poco y de golpe, pero ha de saber usted que se montó la de Dios es Cristo.

—Claro ,  los polis son muy aparatosos… y los bomberos, no le digo… fíjese usted lo que le pasó  a mi…

 

—Calle usted un poquito, que no sabe de la misa la media.

 

—Pues cuénteme el rosario.

—A eso voy, si tiene paciencia…

…Mi barrio es un barrio, y por lo tanto, de izquierdas. Y las izquierdas, a pesar de su amor por lo público, odian los uniformes. Esto parece que se debe a la uniformidad obligada desde la bata de la escuela. que les hacía a todos iguales, aunque fueran poetas, y eso los poetas de izquierdas, que hay muchos, no lo podían  soportar…

 Otra razón, dicen,  es la mala experiencia sexual que experimentaron globalmente con la manguera de los bomberos, cuando se le quemó la cola al gato.

Pero dejemos a las izquierdas con sus traumas. que son felices ellos, y pasemos a narrar los hechos. Se montó un potorro del diablo

 

—claro, ya le digo. que los bomberos, cuando fueron a donde mi…

 

—Calle un poco: lo que pasó fue que lo vecinos, al ver llegar a las fuerzas públicas, se pusieron a tirar objetos y a montar una cacerolada sonora de muchos decibelios, incluídos  silbatos y bocinas...

…Yo aproveché para soltar al perro y cogerlo en brazos. Al impresentable del bajo, su dueño, aquello no le gustó un pelo

-            ¡Deje ese perro en paz! ¡Mire que le disparo! ¡Es mi derecho y deber proteger mi propiedad!

-            — Conchos! ¿Y qué pasó?

-            —Que empezó a dispararme a las piernas, y me hizo un par de agujeritos, y me salía sangre, y lo peor fue que…

-            —Peor todavía?

—Peor! Porque el impresentable del cuarto  empezó también a dispararme…

—Qué me dice! ¡Esto es horrible! ¿Y la policía qué hacía?

—Ahora le cuento. Pero primero ha de saber usted que me desmayé…

—Claro, la pérdida de sangre…

—Qué va, la sobreexposición a ls Ias I As psicológicas chinas, que en occidente no estamos habituados y no recomiendan más de cinco segundos por sesión

—Y cuántos estuvo usted?

—¡qué importa! Mucho más. Tuvimos toda una conversación…

—Ya, ya me lo ha dicho

—¿Pues si lo sabe, por qué pregunta? Mire, ahora le voy a contar lo que pasó después, pero no en orden cronológico, sino personal, según  los protagonistas, porque todo fue muy confuso y yo lo sé de segunda mano. Creo que así quedará más claro. Haré el esfuerzo… Le recomiendo que esté muy atento, tenga en cuenta que las cosas sucedieron estando yo desmayado, la mayor parte me las han contado.

 

—Ah, claro, claro, pues muchas gracias por el esfuerzo. ¡Qué emocionante!

 

—Mucho, ya verá. Vayamos con los protagonistas, como le he dicho.


FINALES




Primero, yo. Quedé tendido en el suelo, al lado del perro.  Enseguida apareció hu- lina, que se arrodilló a mi lado. Unos dicen que para recuperar el aparato Pensador de Perros que se me había caído, pero otros aseguran que toda su intención fue darme besos como si fuera un príncipe encantado a quien hubiera que despertar. Todo es posible, porque nos llevábamos muy bien, ya se lo he dicho, pero en aquel entonces no me enteré de nada, y mira que lo siento. En fin, sigamos con más personajes…

 

—El impresentable del bajo, el dueño del perro, cuando me desmayé,  aprovechó para seguir disparándome —sobre todo a las piernas al aire  del pantalón corto— además de al perro. Recuérdese que había un lío del carajo, con toda la fuerza pública sometida a lanzamientos y caceroladas.  En cuanto la policía vio que alguien disparaba con arma de fuego, fue a por él, lo sometió, le puso las esposas y le  ató a la misma tubería bajante del perro.

      Vamos, pues, con la policía. La policía, al sentirse atacada, sacó las armas y empezó a disparar hacia arriba, al buen tuntún, digo yo que siguiendo alguna norma de la academia. Mataron a varias palomas de las que okupaban el balcón del tercer piso de enfrente,  que cayeron a la calle y se apocharon; todavía queda la marca de suciedad.

       

      —Otro más. El impresentable del tercero se cebó  disparándome a  las piernas, —copiando al  otro— así que mis pobres miembros inferiores, quedaron sangrando por mil agujeros, y yo desmayado con Chu-lina, imagínese la escena bélica. La policía no pudo someterle, porque vivía en el cuarto, pero enseguida se pusieron en acción…

—Los bomberos, que asaltaron el piso con escaleras y cuerdas maromas. Entraron por el balcón, abrieron la puerta para que entrara la policía y allí se montó, dicen, una escena digna de Charlot, con todos persiguiendo a todos.

 

—El mismo impresentable del tercero , aprovechó el follón y  robó un arma a un policía; rápidamente se apostó en una ventana esquinera y disparó a bulto con fuego real  hacia el centro del tornado, allí donde se encontraba  el perro… No, a mí a mí no me dió. Le dió a un sanitario que se acercaba a ayudarme. El sanitario no murió, pero cayó herido al suelo… encima del perro… con tan mala suerte que lo mató (al perro).

 

—Tranquilo, no preocuparse, vamos ahora con el perro. El perro, tras recibir múltiples perdigonazos estando atado a la pared, recibió el peso de golpe de un sanitario gordolón. En principio, el perro murió pero… otro sanitario le aplicó técnicas avanzadas de recuperación, y se lo llevaron  la ambulancia, con la intención de trasladarle al hospital. No, no al sanitario no le pasó nada muy grave… creo… era muy fuerte, comentan. No, el perro tampoco murió. Ya sabe lo que dicen de que tienen muchas vidas… eso dicen, no?

—Vamos pues con estos   últimos protagonistas: un par de sanitarios me montaron en una ambulancia y me llevaron.. a la tienda del chino, porque así se lo indicó Chu-lina, mi china enamorada.

 

 

 

Y más actores no hay, así que vamos a ir acabando con las conclusiones

 

El malvado dueño del perro pasó varios días y noches atado a la tubería bajante… hasta que llegaron los racializados miembros de su tribu y se lo llevaron tras amenazar de muerte a todo el barrio,  beberse varias  cervezas de sinpa,  chuparse varios paquetes de puritos allí delante de todo el mundo, y cantar (¿) varios guitarreos,  sin dejar dormir a nadie. Creo que padecen manía psico social.

El otro impresentable, cada vez que me ve, cambia de acera. LA verdad es que me cabreó mucho todo el asunto, sobre todo el fusilamiento al que me sometieron, y yo cuando me enfado, soy capaz de mtar, y de hecho MATO, pero esto está detallado en el pliego de descargos del juicio al asesino en cuestión, accesible al público.

 

Yo vivo ahora en mi casa, con Chu-lina de, pareja de hecho, y con el perro Carlos —felizmente recuperado— en el felpudo de la entrada portándose como un campeón. Si se acerca un racializado o similar, se va a llevar un buen tatuaje.

 

Y nada más. El periódico sacó la noticia del altercado destacando el ataque  a la policía por parte de los vecinos, y las múltiple heridas de un afectado. Ese soy yo. Ahora ya estoy bien, gracias, como puede ver usted.

—¡Qué aventura! ¡Envidia me da!

 

—No se lo recomiendo, baranda. ¿Dónde vive usted?

—En otro barrio

—Pues tenga cuidado. Los barrios son peligrosos

 

 

 

 

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